9 de febrero de 2015

Chica del telecupón.

Yo de pequeña quería ser chica del telecupón. 
Ellas siempre sonreían. Todo el tiempo, como si se les fuera la vida en ello. 

A mí también se me va, pero en cada uno de los versos que escribo. 
Se me derraman todas las letras encima de hojas, hojas que lo soportan todo. 
Soy como esa especie que nunca se acaba de extinguir porque siempre alguien viene a salvarla. Ni una sola persona me ha preguntado si es lo que yo quiero. Pero claro, las chicas con medias negras y faldas azules es lo que tenemos, que nadie nos hace caso. 
Ni siquiera tu boca. Y eso que la he visto gritar más por mis piernas que por cualquier otra cosa. 
Ya no queda otro lugar en el mundo donde esconderme. Debajo de tu cama hay casi tantas cargas como bajo la mía. ¿Y quién dice que preferiría estar contigo que sin ti? Como si te fueras a olvidar de todas tus estúpidas manías. 
Lo que echo de menos es el olor a caramelo, que me estén esperando detrás de la puerta, que me saquen a bailar sin la música puesta. 
Lo peor que llevo de ser escritora es no poder reconciliarme nunca conmigo misma. Incluso cuando no quiero discutir lo estoy haciendo. Ojalá dejen de morirse golondrinas en mi almohada. No quiero pedirle a Sabina que nos escriba, porque no hay historia que escribir, ni acordes que tocar, ni lugar donde escapar. 
No encuentro forma menos sensata de despedirnos que no yéndome nunca. Pero yo soy así. Siempre estoy al borde del abismo, o de tus costillas que para el caso, es lo mismo. 
No sé si lloverá mañana, pero eso es cosa de que nunca quise ser chica del tiempo. Las señoritas de las predicciones no saben nada, sino ya hubieran anunciado la racha de tormentas generada por culpa del choque de tu pecho contra el mío. 
Nunca he tenido la posibilidad de desarmarte y eso, que después de arañarte la clavícula poco me queda por encontrarte. Por mí podrían congelarme en este instante y convertirme en número primo para que solo pudieran dividirme contigo o conmigo misma. 
Los siete minutos que te sobran podrías regalárselos a alguien que verdaderamente le importases pero no a un poeta, no sea que vayas a salir malherido de aquí. 
Y otra vez, nos volvimos a contar los lunares, y no sé por qué sonrío, si tú nunca sonríes como yo. Si todo te lo guardas hasta marchitarte. 
Cualquier día te vas a pudrir frente al televisor mientras me miras y yo estoy demasiado cambiada como para que te acuerdes que todos los días te reparto suerte. La suerte de no haberme marchado nunca. 

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