6 de febrero de 2015

Insomne

«La muerte está lejana. No me mira.
¡Tanta vida Señor! 
¿Para qué tanta vida?»

— Alejandra Pizarnik

Nunca me he preguntado que se siente fuera de este cuarto. Los días no son días. El sol no sale ni se pone, solo permanece en mi ventana. Para cuando se ha apagado yo empiezo a arder incluso más fuerte que él. Le grito. Le grito todas la noches que no son noches. Lo único que me gusta de todo esto es poder mirar la lactescente luna. Y no la entiendo. Nunca la entenderé. Llevo más de media vida escribiendo sobre lo que veo, pero nunca, nadie, me ha mirado. No puedo escribir sobre lo que se siente, porque yo ya no siento nada. No recuerdo que es la vida después de esta muerte. A veces pienso en que hubiera sido de mí si nunca te hubiese visto. La primera vez que me enamoré fue mentira. Y ahora me doy cuenta. Los espejismos que nunca fueron reales me trajeron hasta aquí. Me pintaron la cara, me besaron los cardenales y nunca supieron a quién quise. 

Nunca hubiera pensado que la primera vez que, no ocurrió. ¿Cómo no voy a volverme loca si debajo de las sábanas durante 25 años solo me he podido encontrar a mí misma y ni siquiera me importaba? Hablé con él, con ella y conmigo, y los tres llegamos a la misma conclusión: El drama de vivir es seguir viendo en estas circunstancias. 

¿Si ya me he dado cuenta de que mi vida no es vida, de que mis motivos no son motivos, y de que las personas que me hicieron el amor nunca fueron, es suficiente para sacarme de aquí? ¿Para liberarme por fin? O debo seguir muerta hasta que no me quede otra forma más de demostrarlo que dejando de latir. ¿Os hace falta mi último aliento para daros cuenta de que yo nunca tuve la culpa? 

Quien entiende los colores de mi sombra es el mismo que vosotros nunca veréis. Nadie me ha preguntado si realmente quería ayuda. Si la quería de esta forma. ¿Cómo podéis hacerme esto? ¿Cuánto daño puedo ejercer en este mundo si ni siquiera vivo en él? 

Me gusta oírlos reír por la ventana. Yo ya nunca río. Nadie ha venido a visitarme desde que deje de hacer poesía para sordos. ¡Dejad de inventaros mi vida! Si ya me la habéis arrebatado, ¿qué más queréis? No me queda nada. Ni las ganas. Ni las fuerzas. Ni las letras. 

Los libros que nunca leí me tendrán que perdonar, pero no puedo continuar bailando entre cuatro paredes cuando la lluvia me está esperando. Las miradas que nunca me atravesaron como puñales son las culpables de esto. Despertar siempre es más difícil que quedarse dormida, y yo ya llevo demasiado tiempo insomne.

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