29 de mayo de 2015

Rousseau no tiene la culpa de nada.

No tengo ropa tendida en el patio.
No hay nadie apagando las calles.
Son las tres de la mañana y casi nadie llora desconsolado.
No puedo vivir pensando que no te voy a encontrar.
No llegas nunca y yo ya no sé a quién besarle los nudillos.

Quiero caramelos que sepan todo el día a besarte regaliz de fresa,
a olerte manzana y chocolate.

No conozco a nadie que pueda bailar las noches tan bien como yo.
No debería decirlo,
pero a mí me nievan cada una de las personas que no eres tú,
y me queman todos los copos,
que no se sirven,
que no son copas,
en barras, en bares.

Tengo cuatrocientos sesenta besos guardados,
seiscientos setenta abrazos que nunca di,
diez te quiero,
y un adiós.

Las manías son solo mías,
están cosidas,
como si no tuviera más cosas que remendar en mi vida.

La última vez que te vi,
llevabas el pelo más largo,
y se te nublaba la vista tan solo con pensarme.

El humo de tus cigarrillos,
no me tocaba la boca,
y ni me acariciaba los labios.
Solo te reías y citabas a Rousseau cuando no querías que me fuera.
Yo no me iba a ir,
porque aún no te conocía,
y estábamos cerrando todos los lugares por donde nunca volveríamos a pisar.

Mañana va a llover,
pero eso a ti no te importa,
a menos que me leas las manos,
tan bien como me lees los ojos,
y sepas las ganas que tengo de volverte a morder los días de fiesta.

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